¿Y si... la convergencia de los mundos digital y físico mejora la forma en que muchos de nosotros comemos?

Conectividad generalizada y datos a gran escala (big data) frenan el cambio climático, una hamburguesa a la vez

En la década de 2000, la industrialización de los alimentos significaba que un solo plato podía contener elementos de docenas de orígenes. Pero los escándalos alimentarios parecían no parar: fórmula para bebés contaminada, carne de caballo en las hamburguesas y otros problemas mucho peores. La regulación no podía seguir el ritmo de las oportunidades a lo largo de una cadena de suministro cada vez más larga que intentaba que la comida fuera más barata, entregando peor calidad y falsificando su procedencia para lograr un mejor precio.

A principios de la década de 2020, la implementación de nanocircuitos en los sensores revolucionó tanto la resiliencia física como las capacidades de lo que entonces llamábamos la Internet de las Cosas (IoT), de modo que todo y todos podían conectarse en red.

La IoT rápidamente ingresó a la producción de alimentos y las cadenas de suministro y permitió una producción más eficiente, productos más seguros y un seguimiento más integral desde el origen hasta el destino. Gracias al uso de la IoT, se visibilizó el impacto de la producción de alimentos en el medio ambiente, por ejemplo, vinculando los registros de procedencia con las mediciones del costo ambiental. Críticos y analistas comenzaron a hablar de una “Internet de los Alimentos” (IoF).

Como era de esperar, los primeros en adoptar la IoF no fueron los gigantes de la industria alimentaria, sino los productores de alimentos artesanales y los agricultores orgánicos. Sus productos premium eran los que más habían sufrido en un mercado en que los consumidores ya no confiaban en las etiquetas.

Hoy en día, cada vez que compramos carne obtenemos un registro de la vida del animal e información detallada sobre la producción de metano y el kilometraje de los alimentos.  Solo en los últimos cinco años, la cantidad de vegetarianos y veganos se ha duplicado. ¿Acaso quienes evitan la carne lo hacen motivados ​por los eventos climáticos severos que ahora son considerados “normales”? ¿O es simplemente más difícil comer parte de un cordero que hasta hace poco andaba retozando en una colina determinada? Cualquiera sea la respuesta, la IoF ha aumentado la eficiencia de la producción y ha reducido la demanda de los alimentos más implicados en el cambio climático.

Estas preguntas exploran cómo Internet podría evolucionar. Pero el camino que tomamos depende de nosotros.

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