¿Y si... la pérdida de confianza en Internet se transforma en un movimiento global?

El fenómeno “opt-out” se generaliza

Mi encuentro con Anne se produce en un banco de un parque en una ciudad acaudalada ubicada en la región central de Estados Unidos. El calor es agobiante, pero ella lleva traje y medias de nylon. Como estamos en público, también lleva su anonimizador, un par de gafas que proyectan un conjunto de rasgos al azar en su rostro. Los sistemas de reconocimiento facial desplegados en todos los espacios públicos y privados no pueden leer el rostro de Anne, por lo que no ella recibe anuncios basados ​​en la ubicación de su dispositivo. Tampoco la “ciudad inteligente” puede seguir sus movimientos ni emitir una alerta si hace algo inesperado.

Los anonimizadores faciales comenzaron como una herramienta para criminales y manifestantes, pero ahora los utilizan cada vez más ciudadanos respetuosos de la ley que han optado por salir de lo que denominan “capitalismo de vigilancia”. Optar por salirse del sistema (opt-out) no es estrictamente ilegal, pero es algo que se desalienta vigorosamente.

“Soy un poco rara”, se ríe Anne, “Muchos opt-outs comienzan porque están hartos de los anuncios o porque tienen un registro criminal, por lo que son vigilados activamente todo el tiempo. Nunca he hecho nada ilegal. Ni siquiera cruzar una calle con imprudencia”.

Anne parece demasiado normal para vivir por fuera de las tecnologías que nos protegen a todos. Le pregunto qué la llevó a tomar esta decisión.

“Algo malo le pasó a alguien que quiero”, dice en voz baja, “Pero había una gran manifestación ese día. Alguna cumbre mundial. Y nadie vino a ayudarnos. Prioridades, ¿verdad?”

Anne señala el dispositivo en su muñeca. Noto  con asombro que no se trata de un nodo informático omnipresente, sino tan solo un simple y anticuado reloj.

“Miré mi dispositivo”, dice, “y pensé: no es solo el hecho de que estas empresas me rastrean y manipulan. Tampoco el gobierno. Es todo. Nadie me preguntó si yo quería que fuera así. Simplemente asumieron que yo... ¿Cómo es que dicen? Cambiaría privacidad por seguridad. Al principio no me molestaba. Creía que me cuidarían cuando realmente hiciera falta. Confiaba en ellos”.

Anne sacude la cabeza con incredulidad.

“Pero la confianza es un camino de ida y vuelta. Y de ahora en más he decidido recorrerlo en soledad.”

El fenómeno “opt-out” se generaliza

 

Mi encuentro con Anne se produce en un banco de un parque en una ciudad acaudalada ubicada en la región central de Estados Unidos. El calor es agobiante, pero ella lleva traje y medias de nylon. Como estamos en público, también lleva su anonimizador, un par de gafas que proyectan un conjunto de rasgos al azar en su rostro. Los sistemas de reconocimiento facial desplegados en todos los espacios públicos y privados no pueden leer el rostro de Anne, por lo que no ella recibe anuncios basados ​​en la ubicación de su dispositivo. Tampoco la “ciudad inteligente” puede seguir sus movimientos ni emitir una alerta si hace algo inesperado.

Los anonimizadores faciales comenzaron como una herramienta para criminales y manifestantes, pero ahora los utilizan cada vez más ciudadanos respetuosos de la ley que han optado por salir de lo que denominan “capitalismo de vigilancia”. Optar por salirse del sistema (opt-out) no es estrictamente ilegal, pero es algo que se desalienta vigorosamente.

“Soy un poco rara”, se ríe Anne, “Muchos opt-outs comienzan porque están hartos de los anuncios o porque tienen un registro criminal, por lo que son vigilados activamente todo el tiempo. Nunca he hecho nada ilegal. Ni siquiera cruzar una calle con imprudencia”.

Anne parece demasiado normal para vivir por fuera de las tecnologías que nos protegen a todos. Le pregunto qué la llevó a tomar esta decisión.

“Algo malo le pasó a alguien que quiero”, dice en voz baja, “Pero había una gran manifestación ese día. Alguna cumbre mundial. Y nadie vino a ayudarnos. Prioridades, ¿verdad?”

Anne señala el dispositivo en su muñeca. Noto  con asombro que no se trata de un nodo informático omnipresente, sino tan solo un simple y anticuado reloj.

“Miré mi dispositivo”, dice, “y pensé: no es solo el hecho de que estas empresas me rastrean y manipulan. Tampoco el gobierno. Es todo. Nadie me preguntó si yo quería que fuera así. Simplemente asumieron que yo... ¿Cómo es que dicen? Cambiaría privacidad por seguridad. Al principio no me molestaba. Creía que me cuidarían cuando realmente hiciera falta. Confiaba en ellos”.

Anne sacude la cabeza con incredulidad.

“Pero la confianza es un camino de ida y vuelta. Y de ahora en más he decidido recorrerlo en soledad.”

Estas preguntas exploran cómo Internet podría evolucionar. Pero el camino que tomamos depende de nosotros.

Perteneciente a